jueves, 24 de mayo de 2012

Dos espigas y una rama de olivo

- Sadira –decía Fareeda-, la caja está casi llena – y le enseñaba la lata de cigarrillos Dimitrino, prácticamente llena de monedas.

- Sadira –decía Fareeda -, estos son tus ahorros, para cuando te cases – y acariciaba, orgullosa, las monedas de 25 Kuruş [1].

- Sadira –decía Fareeda -, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así – y hacía tintinear las monedas dentro de la lata.

Sadira entra en el pequeño apartamento de Spremberger Strasse [2] que comparte con Firuze. Huele a café y a canela. Deja sobre la mesa de la cocina la bolsa llena de verduras que ha subido del mercado y empieza a vaciarla, acariciando cada pieza. Los pimientos y las berenjenas brillan.

- ¿Has comprado pescado? – pregunta Firuze desde su habitación.
- Sí… y pan.

Sadira se afana en la cocina recogiendo la compra. El pescado brilla. Firuze, a contraluz, pregunta desde la sala pintada de azul intenso:

- ¿Hace falta leche?
- No, creo que queda bastante.
- ¿Qué vas a hacer esta tarde?
- Iré al museo…
- ¿Otra vez?
- Sí.

Firuze se despide y baja las escaleras. Sadira se queda sola. En el armario de su habitación la lata llena de Kuruş inservibles aún guarda el olor a rosas de su madre. Sadira acaricia las monedas de Fareeda: dos espigas, una rama de olivo. El relieve le llena los dedos.

En el museo, Sadira mira otra vez a través del cristal de la vitrina. Monedas persas. Los ahorros de alguna antigua Fadeera, fusionados con forma de vasija, descansan ahí dentro.

- Sadira –decía Fareeda -, mi madre hizo lo mismo; desde siempre en nuestra familia se ha hecho así.

Los ahorros para una boda, enterrados bajo un olivo o en un campo de trigo, perdidos durante siglos. Monedas persas. Tan inútiles como sus Kuruş.

- Madre… Soy un árbol sin raíces [3], como la rama de olivo, como las espigas de tus Kuruş. Madre ¿dónde están mis raíces?

Sadira es alemana y no se siente alemana. Es turca y no se sabe turca. Sadira es griega, por su bisabuela y búlgara por su abuelo. Sadira es un árbol sin raíces. Sólo las monedas la unen al pasado, los Kuruş de su madre, las monedas del museo. El relieve del metal ya sólo sirve para unir las yemas de sus dedos con las de su madre. Un puñado de círculos de acero extrañamente cálidos le traen del pasado las caricias de Fareeda. Mira las monedas de la vitrina. En su relieve, el tacto de alguna antigua Sadira añorando a su madre muerta.

- Soy persa – le dice a Firuze -, las dos somos persas.
- No – contesta Firuze –, somos turcas.
- Tu nombre es turco [4], tus padres son turcos, nuestra comida, nuestro café, son turcos. Pero eres tan persa como yo.
- No deberías ir tanto al museo…
- Firuze, somos persas. Bajo los pies, siempre, una tierra demasiado pequeña y un camino interminable por delante. ¿No te das cuenta? Tenemos el lapislázuli y la canela: somos persas, porque no podemos ser otra cosa.


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[1] Kuruş: moneda fraccionaria turca.
[2] Calle berlinesa del distrito de Kreuzberg, conocido como “pequeño Estambul” por el número de turcos que viven en él.
[3] El nombre Sadira  hace referencia al azofaifo.
[4] Firuze significa “turquesa”.

sábado, 19 de mayo de 2012

Cosas que se cuelan en la maleta

Volvemos de Berlín con los ojos llenos y los dedos llenos y agujetas en las muñecas. Volvemos con kilómetros de palabras y toneladas de sabores. Volvemos con una cadena de bicicleta enganchada al tobillo y pintadas en la nuca y detrás de las orejas y un tatuaje de tranvía. Volvemos con las uñas sucias de hormigón y macetas de flores alrededor del cuello. Volvemos y en la maleta se nos han colado algunas cosas que no quisieron dejarnos ir...


lunes, 7 de mayo de 2012

En el puerto

El tacto frío del noray le entumece las yemas de los dedos. Sentada sobre el hierro le da la espalda al sol que apenas asoma por el horizonte. Las casas de lo alto de la colina empiezan a brillar, doradas. La cúpula azul de la iglesia reluce de pronto. Filo mira el mar frente a ella, aún en penumbra; agua quieta por encerrada, agua turbia, por encerrada. El aceite tornasolado sobrenada la superficie casi negra. Huele a salitre.

Entre los dientes sujeta una hebra de hilo blanco. La distancia.

Las gaviotas ríen, cada vez más cerca. A su espalda, el mar golpea la barra del puerto. La espuma vuela sobre el muro de hormigón y el océano pulverizado brilla a la luz del sol. El pelo de Filo se cubre de minúsculas gotas.

Poco a poco aumenta el sonido de los motores y empieza a olerse el gasoil. Los barcos vuelven con el sol, como cada día. Amarran y descargan, y el muelle se llena de brillos plateados y risas de gaviota, de hombres cansados y redes empapadas. El olor del pescado fresco se mezcla con la podredumbre y el salitre. Voces, carcajadas, hambre.

Entre los dientes de Salva, una hebra de hilo blanco. La distancia.

Filo carga tres cajas, una sobre otra. Las coloca sobre su carrito y se seca las manos en el delantal:

- ¡Salva! – llama – Voy para la casa. ¿Vienes?
- Ahora voy, Filo, tengo que pasar por la cofradía.

Filo empuja el carrito de dos ruedas. El pescado refleja la luz del sol. Va a ser un día caluroso. Filo se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano y la detiene justo ante sus ojos. El anillo refleja la luz del sol.

Al caer la tarde vuelven juntos al puerto, el pelo mojado, la piel limpia y olor a colonia. El agua y el jabón se han llevado los otros olores: el pescado, el sudor, el sexo. La recia mano de Salva aprieta la de Filo. Palma áspera contra palma áspera. El barco le aguarda, escamas secas pegadas a la cubierta, salitre y espinas.

Una libélula se para sobre las redes, amarillo sobre verde, sobre azul, sobre hormigón gris caliente. El gato se despereza a la sombra, estira las patas y les mira. Espera. Les mira. De sus manos caerán peces resecos que han pasado el día perdidos en el oscuro vientre del barco. El mar es azul y naranja. Cuando el sol se esconde, cambia el sentido de la brisa y el barco se inunda de olor a palmera y jazmín, hinojo y romero. El pelo de Filo baila, los ojos de Salva sonríen, sus dedos se buscan.

oOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo 

Medianoche, olor a gasoil. Filo y Salva se miran. Entre los dientes sujetan una hebra de hilo blanco que se parte cuando se separan. La distancia.

martes, 1 de mayo de 2012

Últimas lecturas

La nieta de la maharaní
Maha Akhtar 3/10
Una lástima. Una historia que, bien escrita, podría dar mucho juego. Al estilo "literario" helador procedente de la experiencia periodística de la autora se suman los innumerables errores de traducción, ortográficos y tipográficos de la edición, lo que hace la lectura, que podría llegar a ser amena, un camino lleno de piedras y cardos. Además, la autora logra caer fatal, presumiendo tanto de sus virtudes y dándose tanto jabón que a veces el libro se resbala entre las manos. Una novela absolutamente prescindible, aunque si alguien la quiere, le regalo la mia: que no se gaste el dinero.
Mal de escuela
Daniel Pennac 9/10
Podría titularse "memorias y consejos de un zoquete". Pennac recuerda sus tiempos de mal estudiante y analiza cómo algunos profesores lograron "salvarle". También narra su experiencia como profesor. A cualquier educador, sea profesor o padre, le gustará esta lectura.
Lo que el día debe a la noche
Yasmina Khadra 9/10
Yasmina Khadra es el seudónimo de Mohammed Moulessehoul, autor argelino que escribe contra la injusticia en Argelia. Esta novela, escrita con una enorme sensibilidad, relata la vida de un hombre desde su infancia en el campo argelino de los años 30 del siglo XX y pasa por los cambios sufridos en el país a lo largo

sábado, 28 de abril de 2012

Un relato mio en La Náusea

Me siento feliz. Ver mi relato "Color de rosa" en la revista "La Náusea" es una gran alegría. Os invito a leerlo allí y por supuesto a curiosear esa revista, tremendamente interesante.

domingo, 15 de abril de 2012

Zumo de reloj

Rota, los pies helados,
me fumo el miedo
en puño blanco fuerza.

Una hebra se escapa
de mi trama;
enredada en el clavo
torcido de la caja
me arrastra al horizonte.

Deshilachada
renuncio al paso largo,
ralentizo el segundo
y me muevo despacio.

El zumo de reloj
me reconforta.

miércoles, 11 de abril de 2012

Últimas lecturas


El marino que perdió la gracia del mar
Yukio Mishima 8/10
Mishima pinta esta historia a base de pinceladas delicadas, propias del arte nipón. Esa delicadeza, esa manera de contar encierra sin embargo una gran intensidad e incluso consigue llevarnos al horror casi sin darnos cuenta.

El hombre es un gran faisán en el mundo
Herta Müller 10/10
En la Rumanía de Ceaucescu nos acercamos al día a día del molinero Windisch, foco y lente de esta historia. Herta Müller es mi debilidad, me encanta..

Me llamo rojo
Orhan Pamuk 9/10
El choque entre dos culturas narrado a través de dos formas de entender el arte: la ilustración turca de tradición persa "contra" las novedades del Renacimiento europeo. Diferentes formas de mirar y de entender no sólo la pintura sino la vida misma. Una novela muy, muy recomendable.

miércoles, 4 de abril de 2012

Aroma de jazmín


La grieta ha ido creciendo a la sombra del tiempo y Mihaela podría señalar sin equivocarse a qué mes de qué año corresponde cada pequeño fragmento de muro quebrado. La parte baja de la grieta tiene ya los bordes suaves, la yema de los dedos de Mihaela, su caricia diaria. Sube la escalera con la mano izquierda rozando la pared.

Se ha vuelto a fundir la bombilla. En la oscuridad los escalones lamentan con breves gemidos su propia existencia, como esos ancianos que ya sólo esperan la muerte. La casa moribunda, la grieta que crece, la escalera que quiere rendirse y abandonarse por fin al reposo del escombro. Se ha vuelto a fundir la bombilla y Mihaela guarda en una lata los lei para comprar otra.

En la cocina huele a coles, en el salón huele a coles y en el dormitorio y en el baño. La casa entera huele a esas coles que se amontonan en un rincón oscuro del pasillo, que se desbordan hasta el balcón y se asoman a la calle. El frío las conserva pero siempre hay hojas que empiezan a pudrirse en la parte más baja de la pila y hay que moverlas, cambiarlas de posición y limpiarlas. Las coles son lo segundo que toca Mihaela después de entrar en el portal. Primero, la grieta, después, las coles.

Lo tercero que toca Mihaela es la fotografía de Maria. La niña, sentada en la arena de una playa del Mediterráneo, es luz.

Hoy, mientras servía los desayunos en el hotel Mihaela se ha acordado de ella. Una mujer española le ha dado los buenos días, “Bună dimineaţa” (1), con el mismo acento duro que su yerno. La mujer esperaba una sonrisa, pero Mihaela no sonríe. El marido ha desayunado té. La mujer huele a jazmín y duerme con un pijama de hombre. No ha traído perfume, pero huele a jazmín. Mihaela ha entrado en la habitación con Yrina, a curiosear. Hacía tiempo que no venían extranjeros por el hotel. La española no ha traído perfume ni joyas, su ropa es corriente y ni siquiera la ha sacado de la maleta. Sólo han traído una pastilla de jabón negra y un cuaderno rojo. La española ha dibujado en el cuaderno un poste de luz y cinco cornejas. Los cables y las cornejas cruzan la página en direcciones opuestas. No hay nada que curiosear en la habitación de los españoles. Huele a jazmín.

Elena escribe a su madre. “… Estamos bien. Mateo es bueno conmigo, no me pega y casi no bebe. No quiere que trabaje, me quedo en casa cuidando de Maria. Es bueno y nos trata bien. Vivimos cerca del mar y en verano, por la noche, huele a jazmín. Le he pedido que vayamos en otoño a Bucarest, para que conozcas a la niña. ¿Podremos quedarnos unos días contigo?...

La española desayuna caşcaval (2) y huevos revueltos. Sonríe y dice “Mulţumesc.” (3) Mihaela no contesta. Mihaela no sonríe. La española huele a jazmín. Su marido huele a jabón negro. Hay una sombra de jazmín extendiéndose por el hotel. El olor baja la escalera y se mezcla con el olor a cordero del vestíbulo, sale a la calle, dobla la esquina, entra en el portal y sube la escalera acariciando la grieta con la mano izquierda. En la cocina huele a coles y a jazmín.

Mihaela mueve las coles. Mihaela prepara en el dormitorio la vieja cuna de Elena. Da la vuelta al colchón de la cama y saca un edredón bordado de una caja que guarda sobre el armario. El colchón huele a moho. Con la uña hace saltar otro pedazo de yeso de la pared. Quita los trozos sueltos y pasa una bayeta húmeda por el desconchón. Mihaela tapa el cristal roto de la ventana con un trozo de hule floreado. Lo sujeta por dentro con cinta adhesiva, tirante, para que no entre la lluvia.

Elena  escribe a su madre. “… Llegaremos el martes. Mateo quiere conocer la ciudad y salir por la noche. ¿Te quedarás con la niña? Llevaremos regalos, te he comprado un abrigo y un perfume, seguro que te gusta. Mamã, estoy pensando que podrías venir a España con nosotros. La casa es grande y nueva. No hace frío. Piénsalo…

Mihaela dice “Buenos días” y la española sonríe. Mientras le sirve el café, Mihaela se llena de olor a jazmín.



(1)  “Buenos días”
(2)  Queso típico rumano
(3)  “Gracias”

martes, 3 de abril de 2012

Abril, de nuevo

Al maestro José Luis Zúñiga, Poeta.

La sombra de la gota,
la proteina,
el verso hundido en tierra,
la memoria,
el canto de la nube,
el suelo que se eleva,
el anillo primero del tronco,
la promesa;
hoy, de nuevo Abril,
de nuevo
el Poeta.

domingo, 1 de abril de 2012

Bodegón mixto - 2


Magdalenas recién hechas sobre la mesa del estudio. Al fondo, "Raíz cartográfica", de Ilkhi Carranza.

viernes, 30 de marzo de 2012

Últimas lecturas

Ardores de Agosto
Andrea Camilleri 8/10
Una de crímenes, divertida, intensa y muy bien relatada. Camilleri es un maestro, no hay duda.
Mil soles espléndidos
Khaled Hosseini 7/10
Una historia durísima y tan hundida en la realidad que causa escalofríos. Curiosamente, me lo ha prestado mi hija de 13 años, pues ha sido una de las lecturas obligatorias del colegio para este curso.
La invención de Hugo Cabret
Brian Selznick 7/10
Un libro en que las ilustraciones cobran casi más protagonismo que el texto, una obra entre el comic, el cine y el album ilustrado. Magia, aventura, una historia para todos los públicos.
Imprenta Babel
Andreu Carranza 9/10
Una historia en la que la imprenta y la tipografía son protagonistas, causa y efecto. La censura, las letras, la sociedad, todo ambientado en los años 60 con el telón de fondo de la guerra. Muy recomendable.